domingo, 3 de mayo de 2009

Fan enamorada




A raíz del último concierto de Oasis en Lima el pasado 30 de abril, me puse a recordar mi propia experiencia como fan de algún grupo de música o cantante de pacotilla de por ahí…En realidad, disfruto muy poco de la música de Oasis pero al ver tantas fotos colgadas en Facebook y los varios videos colgados en la misma red social, me dí cuenta de que en realidad todas esas personas no estaban nada locas. Tan solo tuvieron la oportunidad de presenciar en vivo a una de sus bandas favoritas y corear esos éxitos que tantas noches los hicieron sentir, soñar y recordar momentos importantes…En mi caso, mi experiencia de fan no me hacía pensar pero sí soñar con el día en que conocería a Servando, uno de los hermanitos Primera que desataron tremenda euforia colectiva allá por el año 1996 aproximadamente…
No logro identificar en qué momento los hermanos Primera se volvieron mi pasatiempo favorito durante y después del colegio. No recuerdo en qué momento empecé a sintonizar el canal Uranio 15 en televisión nacional todos los días a las 6 de la tarde para ver una y otra vez, el mismo especial sobre las canciones más pedidas de Salserín y de Servando y Florentino. De pronto, tan sólo recuerdo que me convertí en una seguidora más que poco a poco, se volvería algo trastornada por estos cantantes ahora de poca monta…
Mi rutina diaria en esos tiempos era levantarme, ir al colegio e intercambiar las figuritas del álbum de stickers de Editorial Navarrete del dúo Primera. Evidentemente, para mí la figurita más solicitada era aquella donde Servando se mostraba de perfil, sin polo, recién salido de la ducha y con una toalla alrededor del cuello… ¡vaya tesoro en esos tiempos! Luego, al llegar a mi casa después de la jornada escolar, terminaba de almorzar y avanzar mis tareas para dedicarme a ver y escuchar el especial de las seis de la tarde. Llegado el día viernes, mi entonces amiga Diana iba a mi casa para escribir a mano cientos de cartas dedicadas a los hermanos, con el fin último de depositarlas en las ánforas del canal 15 en San Isidro y ganar el concurso. Un concursete que prometía a miles de adolescentes y a la hinchada peruana, el compartir un almuerzo y unos minutos gloriosos al lado de los ídolos venezolanos del momento. Calculo que escribí más de 500 cartas y en cada travesía al canal, me encontraba con vendedores ambulantes que hacían su negocio vendiendo posters o fotos dizque inéditas a chiquillas tontas y fanáticas como yo. La verdad es que completé una colección bastante extensa de fotografías y recortes de revistas que después terminaron directo en la basura cuando me di cuenta de la pérdida de tiempo que significaba ser fan de un par de monses que no llegarían muy lejos…
Otra de mis actividades como fan era asistir todos los sábados a las reuniones del club de fans (porque también pertenecía a un club junto con mi amiga Diana), que se realizaban en una casa de la Avenida Arequipa, donde nos juntábamos con otras cientos de chicas a ver videos musicales y extractos de la película protagonizada por Servando y su hermano que estaba pronta a estrenarse en cines. Todo ello, en una tele de apenas 14 pulgadas que resultaba ser un insulto para la cantidad de chicas que se congregaban en ese patio al aire libre. También recuerdo que participábamos en sorteos internos donde podías ganar fotos, polos, videos, entre otras chucherías. Mi carné del club era en esa época, mi documento de identidad.
Pasada esa rutina diaria y semanal, mi pensamiento estaba siempre con ellos. Hasta soñaba por las noches con Servando, alucinaba mi matrimonio con él y, obviamente, lloré más de una vez por el susodicho. Para cuando planearon su primer concierto en la Plaza de Acho de Lima, mi mamá no me dejó asistir al concierto y tampoco al que dieron en la Feria del Hogar donde murieron cinco chicas asfixiadas por un fanatismo torpe y sin sentido. Esa fue la debacle del dúo. Ese fue su fin. La muerte de estas chicas fue tan sonada que los especiales del canal 15 se fueron extinguiendo en señal de solidaridad. Los hermanos Primera fueron tachados de miserables por no dar la cara ante el suceso y por no cubrir siquiera una indemnización por lo sucedido en señal de aprecio a las fans peruanas (aunque quizás la Feria del Hogar debió haber asumido el costo, igual Servando y Florentino quedaron en falta por su completa desidia ante lo acontecido). En todo caso, mi etapa de fan no ha vuelto a repetirse. Nunca he vuelto a seguir con tanta afición a un grupo de música similar ni a un cantante. Lo más bonito de ser fan es que disfrutas la música y la incorporas a tu vida de tal manera que no dejas de pensar en ella y asociarla a diferentes experiencias. Acaso una de mis canciones favoritas de Servando y Florentino es ‘Yo sin ti’. Copio un extracto de la letra que aún hasta el día de hoy, al escucharla me sigue pareciendo linda:

“Te amaré cuando caigas
Cuando el cielo se te venga encima dando vueltas
Te miraré mientras duermas
Y si acaso se te escapa un sueño lo rescataré por ti
Y tengo miedo, si se apaga el sol
Que no haya mas color, y que digas no

Yo sin ti no vivo más y tiemblo de pensar
Que tu me dejarás
Yo sin ti mi mundo es distinto al de ayer
Sin ti (…)”

Definitivamente, en este tipo de canciones la música (si es que se le puede llamar música dirán algunos), es tan importante o de repente aún mas que la letra. Y si hay chicas que se identifican con mi etapa de fan, estoy segura de que también recordarán canciones que hasta siempre disfrutarán.

domingo, 5 de abril de 2009

Legalize it



A propósito de las últimas declaraciones de Kuzcinsky quien propone la legalización en el Perú de la más famosa soft drug del mundo, la marihuana, me puse a recordar como había sido mi propia experiencia con la bendita hierba satanizada por muchos aunque probada al fin, por muchísimos otros personajes de nuestro entorno.
En principio, al igual que el tabaco, fumar marihuana me parecía monstruoso, adictivo, inmoral y destructivo. Sin embargo, con el tiempo y con más de una anécdota, mi opinión y mis razones para manifestarme en contra de su consumo, han cambiado. Para empezar, creo que nos toca preguntarnos con sinceridad: ¿por qué la marihuana es mala? Mi respuesta a los veinte años hubiera sido simplemente: porque está mal. Pero, ¿por qué está mal? Bueno pues, ahora puedo responder a esa pregunta con mejores argumentos. Para empezar, creo que cualquier medio por el cual una persona pretenda modificar su realidad inmediata de manera ilusoria o ficticia para sentirse mejor o más feliz, de manera continua y descontrolada, es malo. En ese sentido, el alcohol, la marihuana, la coca o cualquier otra droga, caen en la misma bolsa. Resalto que sea un medio utilizado de manera continua (llámese todos los fines de semana, todos los días o con cierta periodicidad que la persona no pueda evitar), porque no me parece malo que cualquiera de nosotros en un acto de curiosidad, aprendizaje o ganas esporádicas, decida probar la droga o meterse una bomba con sus amigos un buen fin de semana. Es muy fina la línea que distingue lo que sería una periodicidad que la persona no puede controlar, de una periodicidad totalmente aleatoria. Para empezar, una persona drogadicta siempre manifiesta que consume drogas pero que tiene total control sobre su opción de consumirla. Es decir, que ella controla a la droga y no al revés. Típico argumento que para mí, es la primera luz que puede indicarnos que nuestro amigo o nuestro primo o quien sea, pueda estar ingresando en una especie de adicción (si es que realmente vemos que la persona consume regularmente). Además de eso, está por supuesto el argumento de que la marihuana simplemente te vuelve idiota y lenta, y su constante consumo puede realmente terminar por minar poco a poco tu capacidad intelectual y simplemente, destruirla indefectiblemente. Probablemente, un marihuanero confeso termine parando con gente en común y se aleje de aquellos que no la consumen. En general, se propicia una ruptura de relaciones sociales y más aún, familiares. Creo que éstas son para mí, las principales razones por las cuales no apruebo el consumo regular de hierba aunque, si es totalmente random como dije anteriormente, sí me parece válido.
Recuerdo que mi primer huiro fue como hace tres o cuatro años, en un viaje a La Merced y Oxapampa con una amiga y dos de sus amigos. Éramos dos chicas y dos chicos y de los cuatro, todos menos yo habían probado. Uno de los chicos, Martín, había llevado una bolsa ziploc con hierba envuelta en papel aluminio y el hecho de estar en ceja de selva le producía una especie de excitación o algo parecido. En general, mi amiga quería que yo pruebe por un tema de conocimiento y para que experimentara la relajación y el chiste absurdo del vuelo de una mosca. Luego del pressing amigable del grupo, acepté probarla sin saber lo mucho que me ardería la garganta de manera que ni el sorbo más profuso de agua o tres galletas de soda me aliviarían. Entre risas y risas, mis viajeros amigos no sentían lo que yo (una total amateur), sentía casi casi en carne viva. Irónicamente, cuando me pasó un poco el ardor, seguí probando hasta que finalmente me acabé todo el porro. De ahí, no volví a fumar hasta la noche siguiente en que Martín, tan considerado él, me dijo que pruebe para que según él, ahora sí, sintiera el efecto. Ok, le hice caso y no sentí nada. Después me enteré que, según los chicos, si no estás abierto mentalmente a las sensaciones, puede simplemente no afectarte. Y es que para mí, el efecto de reírme de una mosca o sentirme en un estado exagerado de relajo, no me interesaba en lo absoluto. Hasta el día de hoy, realmente prefiero en ese caso, tomarme un whisky y fumar un pucho. Además, en ese viaje tuvimos que pasar por el susto de llevar al hospital a Martín quien se había pasado de vueltas al fumarse la bolsa ziploc entera, ante el papelón de confesarle su cuasi amor eterno a Mariana. Evidentemente, Mariana lo había choteado y Martín, en un acto de querer alterar su realidad inmediata de manera ficticia, había caído en un estado catatónico y digno de provocarme una especie de miedo ante la marihuana.
Desde ahí, no volví a probarla hasta mi viaje a Holanda, el paraíso para muchos. Apenas pisamos Ámsterdam, recuerdo que visitamos el barrio rojo, entramos a unos cuantos sex shops para reírnos un rato y hasta pagamos cinco euros por ver un Sex Museum donde exhibían huacos y cartoons eróticos que daban más risa que otra cosa. En nuestro periplo por la calle roja, me ofrecieron coca y otras “diversiones”, y caminando en la misma ruta, encontramos varios coffee shops. Éstos coffees son justamente los sitios donde te venden marihuana, hachis, café y hasta comida buenísima para mayores de edad. Entre risas y risas, volví a probar la famosa hierba aunque apenas le di unas cinco pitadas y sentí cero efecto. Semanas después, volví a un coffee con Mónica y la sensación que sentí fue totalmente distinta. Para empezar, nos compramos un huiro cada una para probar qué sentiríamos luego de bastantes varias pitadas. Al principio no pasó nada y más bien nos sentimos relajadas y medio tontas. Recuerdo que me sentía en otra y ni siquiera atinaba mucho a hablar. Creo que estábamos tan ensimismadas tratando de descifrar los efectos que ni siquiera intercambiábamos muchas palabras. Finalmente, ni siquiera terminamos fumando el huiro entero y más bien, decidimos irnos a un bar a reunirnos con otros amigos. Bastó que me levantara de la mesa para que empezara a sentir un efecto extrañísimo. Me sentía pesada, con algo de nauseas, mareos y no podía mantenerme en pie. Necesitaba de algún modo, echarme en una cama y descansar (era rarísimo), y apenas salimos del coffee le dije a Mónica que me esperara unos minutos antes de empezar a caminar. Me apoyé en la pared y empecé a respirar aire más puro. Pasaron unos siete minutos hasta que me sentí ligeramente mejor y pude empezar a moverme. Cuando me apoyé en Mónica y traté de caminar, calculo que después de unos veinte pasos, ella empezó a sentirse mal. Al principio pensé que era por solidaridad para que no piense que yo era la única afectada. Sin embargo, después me di cuenta de que Mónica estaba pasando por un trance peor que el mío y realmente estaba incluso perdiendo la capacidad de sentir dolor y el tacto. Empecé a preocuparme cada vez más y felizmente, encontramos un hueco donde vendían comida y nos metimos inmediatamente. A las dos de la mañana, no había ni un alma salvo los seis tipos que estaban atendiendo a esa hora. Uno de ellos nos ofreció unas aspirinas para sentirnos mejor pero por desconfianza, preferimos no aceptarlas. Tomamos harta agua y simplemente tuvimos que esperar una hora hasta que más o menos se nos pasara el efecto. Al final, nunca llegamos al bar y nunca nos encontramos con nuestros amigos. Lo único que hicimos fue regresar a dormir y olvidarnos de lo sucedido.
Posteriormente, probé unas pocas veces más (en Holanda), y me bastó para sentir que conocía del tema. Ya en Lima, me es totalmente indiferente y siento ganas nulas de fumar marihuana. Aunque me confieso fumadora de tabaco, no me interesa realmente probar otro tipo de mezcla. En ese sentido, creo que sí es válido legalizar la marihuana para personas adultas y controlar la venta de dosis mínimas para llevar por persona (evitando así el comercio), pues al igual que yo, habrán muchas otras personas que no tienen interés alguno de consumirla teniendo la facilidad de acceder a ella. Creo que, finalmente, depende de cada uno y no del gobierno o de cuestiones legales. Probablemente, el día que regrese a Ámsterdam, vuelva a entrar a un coffee y comparta un porro con algún amigo pero hasta entonces, un gusto.

martes, 24 de marzo de 2009

PHC




Desde siempre mi temporada favorita del año ha sido el verano. A diferencia de muchos, me entusiasma la idea de achicharrarme bajo el sol, zambullirme en el mar como un pez atolondrado y tomarme una cerveza helada en compañía de buenos amigos (apuesto que esto último si es disfrutado por varios, jajaja). Disfruto también de las siestas vespertinas cuando la temperatura baja, la brisa del mar es más intensa y las gaviotas revoltosas nos arrullan con sus, a veces, interminables pero necesarios graznidos. Llegada la noche, el sonido del mar y el sabor a sal me preparan para salir de fiesta, ir de copas y bailar. Me pregunto entonces: ¿a quién no le gusta el verano?
Muchos de mis mejores recuerdos giran alrededor de la temporada caliente del año y muchos de ellos tuvieron lugar en un balneario ahora relegado por varios pero que aún cautiva el corazón de sus más fieles bañistas: PHC.
A diferencia de Asia y desde mi humilde percepción, PHC es un balneario relajado, sin mucha pose, desordenado, con su buena pizca de peligro y autoridades tímidamente progresistas, vivaracho, amable con el forastero y más equitativo en el trato a sus habitantes y visitantes. PHC solía ser mi balneario favorito y mi destino obligado de verano allá por mediados de los años noventa. Recuerdo que en mi condición de escolar, el verano era la temporada más entretenida por tratarse también de las vacaciones más largas del año. La casita ubicada en Grau al frente de la casa de una conocida tablista es ahora solo eso: una casa. Antes solía ser un santuario, una especie de templo hedonista de diversión, sin reglas, sin adultos, sin agua dulce y todo esto, desde mis escasos diez años o un poco menos...
La casita era, en ese entonces, patrimonio de la humanidad. O más bien, patrimonio de mi hermana y sus dos mejores amigas quienes jugaban a mamá y papá mientras que Julieta, Carolina y yo hacíamos el papel de las hijitas. Mi hermana y sus amigas eran libres como el viento a sus dieciseis o diecisiete años. Tenían total potestad sobre la casita y sobre los frecuentes visitantes que paseaban por ahí sin importar su condición de surfero, viajero, peruano, extranjero, cantante, entre otras etiquetas. Además, la casita era poco frecuentada por adultos reales quienes desconocían por completo lo que pasaba dentro de esas quince paredes. En verdad, debo admitir que mi hermana y sus amigas eran bastante más responsables a sus dieciseis años de lo que yo soy a mis veintipico. Mis recuerdos son de lo más gratos y positivos. Haciendo memoria, nuestro plan de verano en aquella época era despertarse acalorado, comerse un mango helado, vestirse y salir a tomar sol. Chapotear en el mar, bajarse las rocas y meterse a la pocita (así le llamábamos nosotras), almorzar macarronis, salir a caminar por el malecón y colarse al Club Náutico y bañarse en la piscina de agua salada para luego (cuando la inauguraron), pasar a la otra piscina cuya vista directa sobre Playa Blanca era más que un placer de los dioses. Evidentemente, habiendo tomado tanto sol, volvíamos a la casita, nos bañábamos con balde y agua dulce y salíamos a pasear. Recuerdo que montábamos bici en el parque y fastidiábamos a Larry, el loco que siempre dormía ahí junto a la iglesia. Me acuerdo también de Tortas Chini y la mejor torta de chocolate que he comido en toda mi vida. Rellena de fudge y húmeda hasta decir ¡basta!
Ya entrada más la noche, el plan obligado era ir al malecón y codearse con hippies, surfers brasileros (de los buenos), gente de todas las edades y personajes inéditos. La gente simplemente conversaba, se fumaba un cigarro o más, socializaba, gileaba y se alcoholizaba. El Donofrio de esa época en la esquina de Grau y el malecón (luego denominado Cocodox y demás nombres), era point obligado...al costado estaban los pinballs y los ludópatas que se entretenían con eso... Estaba el personaje obligado de mi generación, Nicola, que literalmente estuvo con el 90% de chicas de PHC menos conmigo (¡en esa época era taaaan quedada!), estaba Marcelo Reátegui, personaje recordado que dejó huella en mi memoria con su canción "Tu eres mi Hayakutake, tu eres mi Hayakutake, y yo soy la roca que te persigue a donde tú vas....a donde tú vaaaas...!", inspirada en aquel cometa que nunca tocó tierra y en la amiga rubia de mi hermana. Recuerdo también que en esa época la moda era usar un top Jessica Colors y un jean con la panza descubierta....Yo me resistía a seguir la moda porque a diferencia de mi hermana, sus amigas, Julieta y Carolina, yo sí tenía panza. Sin embargo, me obligaban prácticamente a usarlos y exhibir mi anatomía curvosa. Despúes de los previos en el malecón, mi hermana y sus amigas huían a Kahunas y yo y mis amigas huíamos a la fiesta del Club Náutico. Llegábamos al club, entrábamos, subíamos las escaleras al segundo piso donde se hacía la fiesta, bailábamos Mal bicho y tomábamos Coca-Cola o Sprite. Otra cosa era la fiesta de carnavales o el luau...ahí si que era el desbande para mí, una pequeñuela...
Al ritmo de Joselito o de otra orquesta, era un tonazo y sigue siéndolo...me acuerdo también de Tavarúa, una discoteca de medio pelo que también atraía gente de lo más diversa...Me acuerdo de un año nuevo y de Nicola saludándome y diciendo ¡Feliz Año pues!, y yo tarada sin decir nada...Jajaja...Me acuerdo también de los carnavales y cómo la gente local atrapaba a los incautos en el malecón y los desgraciaban en cera roja y betún. Recuerdo una trattoria que quedaba casi entrando a PHC pero no recuerdo su nombre...ahí vendían unos postres buenasos y los mejores crepes. Me provoca un arroz chaufa del Náutico y una limonada frozen...
Todos son recuerdos muy gratos de mi infancia y de cuando en cuando, añoro esas épocas y maldigo un poco a Asia por no poseer esa magia y picardía que se encontraba en PHC. Ahora, Asia es sinónimo de un boulevard anónimo, impersonal, tan grande y tan chico...no existe una transmisión de conocimiento entre el hippie y el yuppie, el hijo mantenido y la hija del pescador, el surfero brasilero y la adolescente incauta, el joven y el viejo. Ahora todo está codificado, premeditado, no existe la espontaneidad pura, no existe. Hace mucho tiempo no piso PHC y mis amigos más cercanos, menos. Hace tiempo dejaron de existir las cariñositas (aunque yo nunca fui una de ellas). Ahora Cariñosita 1 vive en Estados Unidos y tiene un hijo. Mientras que Cariñosita 2 es fly hostess en Lan. Se también por casualidades de la vida y por cierta persona que conocí el año pasado que Nicola, el minibachelor de la temporada, vive en Londres y es feliz y más gordo. En cuanto a mí, ya no soy la misma de antes y no me amilano ante un saludo coqueto o gilerón. Todos hemos cambiado, también PHC. Si bien aún encuentras gente de antaño, ya no encuentras la misma complicidad entre visitantes y locales...Espero este año volver a PHC y quizás encontrar viejas caras. Quizás.

martes, 17 de marzo de 2009

Todos los caminos llevan a Barcelona

Atenas, 23 de junio de 2008.




El despertador empezó a joder a las siete de la mañana y antes de que Andrea, Mónica, Priscilla y Mariana me mandaran al noveno círculo del infierno, logré apagarlo y salir de la cama. Previo duchaso rápido, alisté mi maleta y me aseguré de no dejar nada de valor que pudiera ser necesario. ¿Pasaporte?, ¿ticket electrónico impreso?, ¿billetera? ¡Lista!
Semanas atrás, nos habíamos reunido las cinco involucradas a navegar en Internet y comprar los pasajes en Easy Jet y Ryanair. Sin embargo, cuando llegó mi desafortunado turno ya costaban más caros y por picona me resistí a comprarlos. Para mi buena suerte, encontré otra combinación con los mismos tramos, en las mismas aerolíneas pero con diferentes horarios a un menor precio.
Luego de despedirme con algo de nostalgia de mis viajeras camaradas, les advertí que me mandaran un mensaje de texto apenas llegaran a Barcelona. Yo allí las estaría esperando. Sin peligro ni amenazas aparentes, me disfracé de ekeko con mis múltiples cargamentos de equipaje e inicié mi pesado viaje cuyo destino final sería la ciudad catalana.
Salí del hotel y tomé el metro. Despúes de aproximadamente media hora de viaje, cambié de línea y me embarqué en el tren que me llevaría directo hasta el aeropuerto ateniense. En el camino iba pensando en Andrea, Mónica, Priscilla y Mariana y en lo rico que estarían aprovechando la mañana bañándose en la piscina del hotel antes de partir. Mi pasaje no me permitió quedarme con ellas pues tenía que salir más temprano (despúes me contaron que no tuvieron tiempo siquiera de mojarse los pies porque el tiempo las había ganado).
Pasaron los minutos, llegué al aeropuerto y me encaminé hacia el counter. Me interesaba deshacerme de mi insoportable maleta y sentirme más ligera. Mientras hacía la cola pensaba en lo que podía hacer durante las cuatro horas que me sobraban antes de tomar mi conexión final a Barcelona. ¿Me alcanzaría el tiempo para pasear por Milán?, pero ¿cómo haría con tanto peso encima para movilizarme por la ciudad? (de hecho el counter iba a estar cerrado apenas llegara al aeropuerto de Milán-Malpensa y definitivamente no podría aprovechar el tiempo en conocer algo de la ciudad italiana). Despúes de hacer el check-in respectivo y despojarme de mi mayor bulto, pasé por seguridad y me dirigí hacia la puerta de embarque. Entregué mi boarding pass, mostré mi pasaporte y subí al avión que me llevaría desde Atenas a Milán-Malpensa. Adiós Grecia. Un gustazo.



Transcurridos aproximadamente cuarenta minutos de viaje, llegué a territorio italiano. En realidad, en ese momento me di cuenta que la ventana de cuatro horas y pico entre el primer vuelo y el segundo no era tan larga como me imaginaba. Tal es así que apenas recogí mi equipaje, me apresuré a tomar el bus que me trasladaría hacia el siguiente aeropuerto donde tomaría mi segundo vuelo: Milán-Bergamo. Una vez en el bus, el calor era insoportable y el aire acondicionado era más que insuficiente tomando en cuenta que cada asiento del bus estaba ocupado. Pasaron aproximadamente 45 minutos y llegamos al aeropuerto de Bergamo. Ahí, me tocó esperar un rato antes de que el counter estuviera abierto y decidí comerme un sandwich de atún y tomarme una Coca-Cola helada. Para matar el tiempo, me puse a mirar fotos y a contar ovejas. Una oveja, dos ovejas, ...¡counter abierto!
Hice mi cola, terminé el check-in y me puse a tontear un rato mirando caras desconocidas y viendo vitrinas. Increíblemente, el tiempo se esfumó y me tocó abordar el avión que me llevaría a mi destino final: ¡Barcelona! En el avión logré dormir un rato sin saber qué me esperaría al descender y pisar suelo español. Mi primera sorpresa fue enterarme de que el aeropuerto al que había llegado (Girona), no era el aeropuerto principal de Barcelona (El Prat) y que tendría que tomar un bus a las once de la noche, con mi pesadísimo equipaje, que me tomaría una hora de camino hasta la Estación del Norte desde donde tendría que tomar un metro para llegar a mi hostel.
Sin alternativas, empecé a preguntar dónde podía encontrar el bus nocturno que me llevaría hasta la mencionada estación y alguien por ahí me dijo que me aproximara a una de las puertas desde donde el bus partiría. Preocupada por la incertidumbre de no saber cómo llegar al hostel y alucinando lo caro que me saldría un taxi si es que el metro estaba cerrado, escuché un sonido en mi celular y me apresuré en revisar el mensaje que mis amigas seguramente me habían enviado. ¡Lo más piña había sucedido! Mónica, Andrea, Priscilla y Mariana habían perdido su segunda conexión de Milán-Bergamo hacía Barcelona y se habían quedado varadas en Milán sin derecho a reclamo alguno (por ser una aerolínea low cost y por tratarse de boletos que habían sido comprados por separado), y sin posibilidades de llegar esa misma noche a Barcelona.
(...)
Despúes de una hora y un poco más, llegué a la Estación del Norte. Bajé del bus y sin saber qué hacer, empecé a preguntar cómo llegar a la Barceloneta (donde se ubicaba mi hostel). Un grupo de gente me indicó que debía tomar el metro hasta la estación de Urquinaona y despúes debía cambiar de línea cuya última parada sería la Barceloneta. En ese momento sentí cierto alivio y me tranquilizé al saber que ya sabía cómo llegar a mi destino. Bajé entonces al subterráneo y me encontré con tres tipos que me ayudaron a comprar el ticket de metro. Al comentarles hacía donde me dirigía, me miraron muy sorprendidos y me dijeron que no iba a poder llegar en metro a la última estación. Les pregunté por qué y me respondieron algo que me dejó atónita. Esa noche era la víspera de la fiesta de Sant Joan (San Juan), una de las fiestas más importantes del año en Barcelona y la que marca el inicio del verano. La víspera de Sant Joan es una noche de fogatas y fuegos artificiales en plazas, calles y playas. La tradición dice que se debería estar de fiesta toda la noche y ver la salida del sol en la playa por la mañana. ¿Y dónde creen que todo Barcelona celebraba la fiesta? Pues sí, en la playa de la Barceloneta, justo donde mi hostel se encontraba.
Preocupada más por el peso de mi equipaje y por la poca fuerza que me quedaba para cargarlo, me parecía insólito no habernos enterado de semejante juerga y tomé el metro con rumbo a la estación de Urquinaona. En el camino pensé que faltaba poco para llegar a mi hostel y un esfuerzo más sería necesario para sentirme tranquila. Sin embargo, no me imaginé que al llegar a la estación, desearía haber tomado un taxi recontra caro en lugar de pasar por ese trance. Al salir del tren con mi maleta y mi maletín de laptop atravesado por la espalda (además de otros bultos), me di con la sorpresa de estar rodeada de un océano de gente que, como yo, se dirigía también a la Barceloneta, con la diferencia de que el resto de gente andaba equipada de llaves y algo de dinero, mientras que yo cargaba por lo menos con 18 kilos encima. En eso, mientras bajaba las terribles escaleras (porque para mi mala suerte el metro de Barcelona no tiene escaleras eléctricas), un tipo con aspecto marroquí me sugirió ayudarme a cargar mi maleta y yo, totalmente desgastada por el trajinado viaje, acepté su ayuda. De inmediato (casi como un reflejo instintivo), me di cuenta por el rabillo del ojo que otro tipo se estaba escapando con el maletín de mi laptop y su evidente contenido, detrás de mí y sin vacilar ni un segundo voltée 180 grados, lo jalé del polo y le arrebaté lo que me estaba robando. Peruana a mucha honra no iba a dejar que me robaran en España si ni siquiera me habían robado más de diez lucas en Lima y al toque entendí que el tipo que se había ofrecido a cargar mi maleta era el campana del frustrado robo. No sé como saqué fuerzas pero le quité la maleta al tipo marroquí y al ver que los ladrones se habían esfumado, me inserté en el mar humano que trataba de tomar el tren. Calculo que habría, por lo menos, 500 personas tratando de avanzar sin éxito y el oxígeno se iba agotando. Recuerdo que sentía que en cualquier momento me iba a desvanecer ahogada por la falta de aire y asfixiada por el calor infrahumano.
De pronto, escuché que algunas personas empezaron a decir que iban a salir del metro a tomar un taxi y, sin pensarlo dos veces, seguí al grupo y salí con ellos. Cargando mis dieciocho kilos de equipaje, me detuve en un paradero y me embarqué de inmediato. Recuerdo con gratitud al conductor que me indicó con cuidado dónde se encontraba mi hostel y me tranquilizó con sus palabras. Le pagué unos pocos euros considerando la altísima demanda de movilidad que había esa noche, y le agradecí su ayuda y su generosa tarifa. Finalmente, llegúe al Seapoint Hostel, un alojamiento para jóvenes mochileros y viajeros donde habíamos reservado previamente una habitación mixta de diez personas (la única opción que en ese momento había). Me registré, expliqué el incidente que había sucedido con mis amigas y subí a mi habitación. En las calles se vivía una fiesta, en la Barceloneta se acumulaba la gente joven, turista y española, a disfrutar la noche que recién empezaba. Al entrar al cuarto, ví a un tipo dormido en una cama y seleccioné la mía rápidamente. Guardé mis cosas en el locker que me habían dado y pensé: si estoy aquí en la fiesta de San Juan (agotadísima por el espantoso viaje), ¿me quedo durmiendo o bajo a la playa conmigo y con mi alter ego?
Despúes de pensarlo escasos segundos, abrí mi maleta, saqué un vestido y me puse algo de maquillaje. La energía de la gente, la música y la sola idea de estar en una de las megafiestas más importantes del año en Barcelona me animó y eliminó de mi cualquier rastro de sueño o cansancio. Si el destino había sido caprichoso y un poco malévolo conmigo, quizás también debía agradecer el hecho de por lo menos estar en el lugar adecuado (a diferencia de Mónica, Andrea, Pri y Mariana), y quizás debía tomar esta fiesta como señal divina de que algo maravilloso podía suceder.
Animadísima, busqué algo de euros, cigarros, encendedor, llaves y salí entusiasmada a la fiesta. Encontré una tienda improvisada donde vendían cervezas y me compré una, prendí un cigarro y empecé a caminar. El ambiente era genial: gente joven de sobra, fogatas, conciertos, buena onda y, definitivamente, una promesa de diversión asegurada. Seguí caminando y me detuve a escuchar a una banda de rock. Mientras fumaba mi pucho, se me acercó un pata con pinta gringa o europea y me empezó a hablar. Al escucharlo me di cuenta que gringo no era, más bien era alemán. Por la oscuridad de la noche no lograba distinguir bien su cara y el tipo me empezó a contar que había venido a Barcelona de vacaciones y que estaba tramitando su divorcio.

-- ¿Qué edad tienes?, le pregunté.

--37, ¿y tú?

¡Plop!, 37 era un número bastante alejado del rango de edad habitual que solía manejar y decidí responder a su pregunta y mentirle diciéndole que iría a buscar a mis amigas (¿felizmente estaba acompañada no?). Bye, bye!, y me fui rápidamente.
Mientras caminaba observaba a la gente en grupo, bailando, tomando grandes cantidades de alcohol. Quizás algunos habrían llegado juntos o quizás otros se habrían conocido en ese momento. El caso fue que caminando y caminando escuché un acento distinto al español, más bien un acento argentino. Recuerdo que era un grupo mixto y de frente uno de los chicos me saludó y me preguntó de donde era (obviamente habrían asumido que yo hablaba español). Al responderle que era peruana, todos se entusiasmaron y me dieron la bienvenida. --¡Faltaba una peruana!, por ahí alguien dijo, y me puse a conversar con todos. Recuerdo que eran tres argentinos y, mismo flechazo a primera vista, me atrajo uno de ellos, Mariano, y empezamos a conversar durante un buen rato.
Además, una argentina que también los acompañaba se hizo buena amiga mía (claro, durante esa noche). Creo que ella tenía treinta y pocos años pero su espíritu era de veinte. Cuando tocaba ir al baño, íbamos las dos acompañadas y nos cuidábamos de los sapos y borrachos que andaban por ahí. Obviamente, el baño era la calle o sino esperar veinte minutos a que uno de los portátiles estuviera libre. Recuerdo que todos eran amigos y crecieron juntos en Buenos Aires. Yo era limeña y definitivamente Mariano era mi elección preferida.
Sinceramente, la química era muy buena y esa noche era la víspera de su cumpleaños. Su amigo Ricardo, 'el Gaita', me ofrecía un ron con Coca-Cola y Mariano me abrazaba y me hacía sentir una confianza muy cómoda. Mientras tomaba con ellos en círculo en la arena, me presentaron al tercer amigo: Lucho, un ambientalista argentino con ganas de salvar el planeta. Verde por donde se le mirara, no dejaba de ofrecerme todo el alcohol que albergaban. El ron no es mi bebida favorita entonces no me provocaba aceptarlo. Por otro lado, Mariano me contaba que trabajaba para el Banco Mundial y que vivía en Washington D.C. Me dio su tarjeta y me dijo: ¡Llámame cuando vayas! De casualidad, conversando me comentó que conocía Lima y algunos bares como Huaringas y también Larcomar. Me entusiasmó saber que tenía idea de nuestra ciudad y que por lo menos, había probado nuestro pisco. De broma en broma, me enteré que tenía novia y que era chilena. En medio del momento, la polola lo llamó al celular y él, obviamente, le contestó y se puso a hablar con ella. El Gaita me contó que ellos vivían juntos en Washington y que era una relación seria. Ni modo.
A pesar de todo, esa noche la pasé genial con Mariano. Fue toda una aventura conocerlos y me sentí como una más del grupo. Parecía más bien que habíamos viajado juntos y que Barcelona nos había servido de excusa para juntarnos. Simplemente, la fiesta contagiaba su aire de relax entre todos los asistentes. La ciudad se prestaba al desbande y la playa era escenario perfecto para que parejas nuevas y amigos pasaran una noche inolvidable.
Me despedí de ellos con algo de tristeza y no me arrepentí de no haber seguido circulando por ese mar humano de gente joven, eufórica y dispuesta a todo por pasarla bien. Qué pena no haber podido documentar mejor la noche por no cargar mi cámara conmigo pero el recuerdo aún permanece en mi memoria.
A propósito de la película Vicky Cristina Barcelona, me encantó la ciudad. Al día siguiente, moribunda, cansada del viaje y de la tremenda fiesta, mis amigas llegaron y se lamentaron por no haber estado conmigo. Barcelona me recibió con algo de violencia pero también con esa sensación de libertad y plenitud que trato siempre de buscar en la vida. Una ciudad joven, despreocupada, divertida, bohemia y alocada es, sin lugar a dudas, una de mis favoritas. Les dejo una canción que me encanta y me recuerda a algunos amigos españoles que, algún día cercano, volveré a encontrar...






lunes, 9 de marzo de 2009

Fuiste tú y no me acuerdo














Empiezo este segundo post probando un estilo más relajado y robándome una frase de la penúltima entrega del blog de Renato Cisneros:
"Y así se les pasa la vida, acercándose y alejándose, coincidiendo por ráfagas, haciendo que la pasión subsista a fuerza de atemperarla."
Creo que esta es la frase perfecta que describe un poco la historia que voy a contar y que desde hace diez años aún sigue siendo alimentada por esta persona a la que el día de hoy me provoca llamar Ernesto (o Ernestito, utilizando el mismo diminutivo 'ito/a' con el cual completó mi nombre hace unas cuantas semanas atrás).
Ernesto siempre ha sido para mí un pendiente, una constante y una terrible provocación. No puedo decir que 'fue' porque todavía no he superado del todo su presencia latente en mi mismo universo. Lo que sí puedo decir es que recién ahora estoy empezando a comprender la configuración de los hechos y a darme cuenta de tamaño enredo que fue desde el día que lo conocí.
Me toca remontarme a mis trece años cuando era una niña inocente y babosa, incapaz de darme cuenta y reaccionar ante oportunidades y amenazas tan evidentes. Recuerdo mi etapa escolar, cuando tenía que despegar el ojo a las seis de la mañana, tomar mi insoportable tasa de leche caliente y salir disparada antes de que la bendita movilidad se largara. En ese trajín diario tenía que aguantarme el sueño para poder siquiera vislumbrar, en cuestión de segundos, el momento en el cual Francisco (o Pancho, para acercarme más a la realidad), salía de su casa, cerraba la puerta y trepaba a mi bus escolar. No logro entender cómo ni por qué desarrollé semejante admiración y amor platónico por este chico que, hasta el día de hoy, reconozco como uno de los patas más encantadores de Lima. Sinceramente, un tipo lindísimo con el cual me encontré hace un par de semanas y me informó muy feliz de la vida que se encontraba comprometido en matrimonio con su afortunadísima enamorada (años atrás, esta noticia habría sido motivo de suicidio o depresión crónica pero ahora de sincero gusto).
Sin embargo, antes de recoger a Pancho también nos tocaba recoger a 'Ernestito', quien con el tiempo se convertiría en protagonista de varios episodios de mi vida. Lo más curioso es que yo ni le prestaba la más mínima atención en ese momento, tal es así que atando cabos recordé tiempo despúes que Ernesto también iba en mi movilidad.
Al término del año escolar, mis queridos Pancho y Ernesto se graduaron y con ello me otorgaron la licencia de dormir una hora más por las mañanas, mientras el bus recogía a cuanto chibolo atragantado de corn flakes había por ahí.
Llegó el año nuevo y a la misma vez, mi primera incursión nocturna en el aquel entonces pampón de tierra donde se erigía el bulevar del km 97.5 de la Panamericana Sur. En esa fiesta recuerdo que no probé gota de alcohol y me parecía abominable la idea de hacerlo. Historia diferente sería al norte del litoral donde las fiestas del casino antecedidas por previos en las 'canchas' marcaban otro cantar. Fue ahí donde el destino me volvió a reunir con Pancho.
Por casualidades de la vida, nos terminamos conociendo en una de las tantas fiestas de la temporada estival y, sin darme cuenta, adquirió tal importancia que mi fin de semana resultaba incompleto sin él. Así, transcurrió el verano soñado donde también conocí vagamente a 'Ernestito', mi futuro adorado tormento. Ernesto era invitado asiduo de Pancho así que era casi un 'local' más y se convirtió también en un personaje recurrente aunque poco importante de mi vida. Para cuando se acabó el verano y empezó de nuevo el año escolar, Pancho y Ernesto iniciaban su primer año de universidad y el otoño ya se hacía notar.
Pasaron los meses y ambos parecían estar en otra órbita o satélite espacial. Fueron pocas las veces que nos volvimos a encontrar en alguna discoteca de Lima o en algún bar. Sin embargo, recuerdo más bien que la gente andaba medio loca por los terribles vaticinios que presagiaban el fin de la humanidad...


(...)


¡¡¡Feliz añoooooooooooooo!!!, grito de guerra que no hizo más que comprobar que todos los brujos estaban equivocados. El mundo no se iba a acabar y la historia con Ernesto recién iba a empezar. Esa noche en el 'Coco', Pancho se lamentaba al recordar que Pía, su ex enamorada, lo había abandonado por largarse a la Polinesia Francesa con un villano millonario...No recuerdo bien cómo ni por qué entre vasos y vasos plásticos de Paramonga y Sprite tuve la osadía de decirle que ella nunca lo había querido de verdad (¡qué sabía yo del tema!), y según mi ilusa percepción, Pancho había entrado en razón gracias a mi 'acertado' comentario. Lamentablemente, una terrible nebulosa se apoderó de mi memoria y borró el 80% de mis recuerdos, dejando así un vacío peligroso que liberó a mi imaginación y le permitió crear momentos que nunca sucedieron. Al menos no con Pancho.
Pasaron literalmente cinco años hasta que, gracias al propio Francisco, se resolvió el enigma. Una conversación en messenger aclaró lo que nadie más me podía aclarar. Por ello, le estaré siempre agradecida. No le deseo a nadie vivir con un falso recuerdo durante tantos años para finalmente descubrir que las cosas no sucedieron de ese modo ni con la persona que uno pensaba. El protagonista de esa noche no había sido Pancho sino Ernestito, su gran amigo.
Así, Pancho pasó paulatinamente a un segundo plano para darle cabida a Ernesto quien reapareció con fuerza una noche de primavera en Gótica. Recuerdo que era un viernes de música electrónica y la única razón por la cual me animé a vestirme y salir fue porque Felipe, mi pata, me llamó y me convenció de aprovechar la noche bajo mi condición de total independencia (ya que mis papás estaban de viaje). Accedí y salí con él y unos amigos más. Una vez en Gótica, la música electrónica se tornaba algo insoportable pero la consigna era aunque sea respirar algo de humo y relajarme un rato. En eso, mientras me acercaba a la barra principal, apareció él: Ernesto, quien muy suelto de huesos no dudó en abrazarme por la cintura y preguntarme dónde me había metido en todo este tiempo...
Sin saber que responder, Ernesto me preguntó si quería bailar pero definitivamente no me entusiasmaba el hecho de saltar como un títere al ritmo de una música estridente y sin sentido (como comprenderán nunca he sido una 'raver'), y preferí aceptarle un whisky con red bull. Después de ponernos al día y enterarnos de nuestras vidas, me sugirió ir a 'otro lado' para verme mejor y escucharme mejor (sí claro, el típico cuento del lobo y la caperucita). Sinceramente, yo le creí y pensé que en realidad tenía razón: ¿cómo conversar tranquilamente con tanto ruido y con la constante interrupción de nuestros amigos?
Evidentemente, sus intenciones no eran las de hablar y al expresarle mi desacuerdo me entendió mejor de lo que yo misma esperaba y, muy gentil de su parte, me llevó a mi hogar dulce hogar. Aunque traté de conversar con él días despúes y lo llamé por lo menos un par de veces, Ernesto me demostró que no le interesaba realmente mantener una relación formal ni amical. Lo único que le interesaba era justamente eso: "coincidir por ráfagas conmigo, preservando la pasión que nos unía desde que yo era una niña y él un cachimbo más".
Lo mismo pasó meses despúes también en Gótica, y la misma ingenuidad me llevó a creerle el cuento una vez más. Esa vez se lo creí porque el plan era seguirla en su casa con una pareja más. Sin embargo, a pesar de que nos detuvimos en el grifo a comprar un whisky y contábamos con compañía, según yo, fija para continuar la noche, no me imaginé que apenas cruzáramos el umbral de la puerta, nuestros 'amiguitos' se encerrarían en el primer cuarto de la casa sin ánimo alguno de ocultar su espontaneidad.
Contagiado e inspirado por la situación, Ernesto me pidió que lo esperara algunos minutos. Subió al cuarto y volvió con medio perfume de Hugo Boss encima y quizás algo más en el bolsillo. Lástima para él y tranquilidad para mí, tuvo que tragarse su orgullo una vez más ante mi negativa de satisfacer sus deseos mientras se resistía a pensar que sus esfuerzos habían sido en vano.
Sin embargo, Ernesto siempre estuvo ahí. Mientras pudo. Mientras estuvo soltero. En fechas posteriores nos volvimos a encontrar y si bien al principio se hizo el engreído y no me respondía siquiera el saludo, siempre volvió a su estado natural.
Hace algunas semanas nos encontramos una vez más. Me enteré hace un par de años que Ernestito tenía enamorada y aparentemente la relación iba fenomenal. Ahora me quedan grandes dudas sobre su capacidad emocional de comprometerse con otra persona. En sus propias palabras, "el corazón es descartable" y aunque yo me atribuyo parte de la culpa, creo que los dos sabemos que la fidelidad es algo en lo que él ciertamente necesita trabajar.
El fin de semana me encontré con un buen amigo tuyo y conversamos sobre la situación de manera muy sincera. Necesitaba escuchar su interpretación de los hechos y entender, de una vez por todas, que este juego no da para más. Sería inútil tratar de entender y pensar que tú y yo podemos tener un futuro juntos. Lo único que nos queda es apreciar lo vivido, la comicidad de muchos de nuestros encuentros y, si mi voluntad así lo quiere, el recuerdo de lo que pasó y que no volverá a pasar nunca más. Si cometí errores en el pasado, es hora de ponerle punto final. Las cosas siempre fueron enredadas entre tú y yo, y ahora tamaño nudo no tiene forma de ser resuelto. Quizás sea lo mejor, probablemente nos hubiéramos hecho daño y realmente nos hubiéramos terminado odiando si hubiéramos tenido algo serio. Por el contrario, siempre estarás en mi recuerdo y en mi sonrisa. Fue muy divertido mientras duró y definitivamente en varias de mis mejores anécdotas tú estás presente. Marcaste tantos años de mi vida que sería imposible olvidarte. La próxima vez que nos encontremos, estoy segura de que te harás el difícil y me odiarás un poco por lo que no pasó pero, finalmente, no podrás evitar estar a mi lado. No te conoceré...



Esta canción es una de las tantas que me hacen recordar a 'Ernesto', además es una de mis favoritas

viernes, 27 de febrero de 2009

De bares en Berlin



Sería el deseo de complacer a mi gran amiga Mónica (cuyo onomástico sucedería en apenas cuestión de horas), y también la adrenalina de estar nada más ni nada menos que en la capital germana que esa noche, 3 de abril de 2008 para ser exactos, contenía en mi una irracionalidad exagerada. Unas ganas desenfadadas de conquistar la noche, ¿y por qué no?, algo más.
Mi modus operandi sería claro: hacer uso de mis mejores tácticas de seducción que son innatas en mí cuando de pronto percibo una presencia y feromonas que me alocan. Es casi inexplicable la habilidad que para algunos es desconocida (que por obvias razones sólo aflora en circunstancias propicias y cuando la otra parte es también cómplice de mi aventura), que tengo para atrapar a mi presa cuando ésta se siente atraída por mí. Esta noche no fue la excepción.
Debo admitir que me tomó por sorpresa porque entre copas y copas nos dieron las doce, y luego de apretujar a Mónica y expresarle mi cariño por haber cumplido los 23 abriles, hicimos uso de nuestro descuento en cervezas y demás brebajes que gracias a un excelente programa de tours guiados (tanto de día como de noche), habíamos obtenido por la moderada suma de once euros. Nos acompañaba también Andrea, un poco la voz más sensata de la pandilla, con quien desfilaríamos de bar en bar según lo estipulado por el tour más conocido como 'pub crawl'.
De pronto las tres estabamos inmersas dentro de este grupo de turistas noctámbulos que no cruzaban la frontera de los veinte, todos dispuestos a pasar una noche inolvidable. Recuerdo bien que tuve oportunidad de conversar con algunos australianos y que una chica que los acompañaba desconocía el paradero del Perú (inmediatamente se me vino a la mente aquel grupo en Facebook denominado 'If you don't know where my country is, buy an atlas bitch'.)
Luego de semejante traspiés, preferí continuar compartiendo mi velada con mis dos amigas y minutos despúes de agotar mi segunda o tercera cerveza, escuchamos la voz del líder del tour que nos exhortaba a continuar el recorrido hacia el siguiente bar. Acatamos obedientemente la orden y mismo rebaño de ovejas, caminamos en línea recta con rumbo aún incierto. En la ruta nos encontramos con unas peculiares damas de compañía nocturnas que no vacilaban en mostrar sus atributos resguardados por una estrecha corsetería digna de quitarle el aliento al más apulmonado de los seres humanos. -¡No miren!, nos decían los guías algo consternados quizás por las palpitaciones que causaban las señoritas en algunos de los asistentes al tour. Finalmente, llegamos a una especie de callejón oscuro donde los guías empezaron a repartir a diestra y siniestra vodka mezclado con jugo. Basta decir que en el siguiente bar, Mónica, Andrea, los demás asistentes y yo, ya estabamos participando activamente del jolgorio.
De pronto, un acento latino se nos hizo familiar: resultó ser un venezolano alto, moreno, no muy agraciado que nos invitaba a iniciar una conversación. Luego de las preguntas de rigor: ¿qué hacen en Berlín?, ¿cuánto tiempo se quedan?, entre otras nimiedades, nos presentó a un grupo amigable de españoles que a mi gusto, no eran muy atractivos.
Bastó que me distrajera algunos minutos para que me diera cuenta de que Mónica y Andrea ya habían seleccionado a sus respectivos prospectos de la noche para hacerla más llevadera y sin más, habían tenido la cortesía de 'guardarme' al menos mejor. Era evidente que no me iba a quedar con los brazos cruzados y mientras nos dirigíamos al siguiente bar, apareció frente a mis ojos este chico que siempre quedará grabado en mi memoria: John. Alto, fuerte, moreno, de ojos verdes: perfecto. Recuerdo que yo misma tuve la iniciativa de entablar la conversación en inglés y él me respondió con una sonrisa que en verdad me hizo sentir mariposas. De pronto no existió nadie más en ese tour que pudiera captar mi atención y hacerme sentir tan viva como él. Definitivamente, fue amor a primera vista.
De inmediato, le presenté a mis dos amigas, Mónica y Andrea, y continuamos nuestro periplo hacia el siguiente bar. Ya para ese entonces, era increíble la química que los dos teníamos. Para ser franca, sentía que lo conocía de toda la vida. La conversación fluía de tal modo que parecía que ambos habláramos el mismo idioma y pensáramos igual. Al llegar a la discoteca, el grupo se esparció mientras que Mónica y Andrea continuaban conversando con sus nuevos amigos españoles.
Por otro lado, John y yo eramos la pareja perfecta, al menos por esa noche. Recuerdo que me contaba que sus padres eran dominicanos pero residentes en Kentucky, Estados Unidos. Simplemente encantador: un chico de pueblo con raíces latinas que escuchaba música country y a Toby Keith en concierto (¿alguien sabe de quien estamos hablando?)
Al escribir esto puedo revivir la emoción que sentía al conversar con él. Un vaso de bourbon con Coca-Cola, al mejor estilo country, fue la elección perfecta para continuar la noche. El Jagermeister vendría despúes y también las cervezas. No necesito decir que el alcohol que corría en mis venas alcanzaria niveles poderosos y sería mi principal motor para negarme a regresar en el último tram de la 1 de la mañana con Mónica y Andrea, quienes presurosas me informaban que nos debíamos ir si queríamos alcanzar ese último medio de transporte barato.
Quizás sin el consumo de vodka, bourbon, Jager y cerveza hubiera opinado lo contrario. O quizás no. El caso fue que me opuse rotundamente a abandonar a mi príncipe azul (quien por cierto me decía que no me vaya y ofreció acompañarme hasta la puerta de mi hotel). La sola idea de separarme de el me angustiaba. Lo sé, suena un poco extremo pero tendrían que haber sentido esa energía fuertísima al encontrarte con una cierta alma gemela.
Finalmente, Mónica y Andrea propiciaron con su partida la secuencia de hechos que bien guardo en mi memoria. La libertad de estar juntos al menos por espacio de algunas horas. 'Before sunrise' nunca tuvo tanto sentido hasta ese día.
Tuve la oportunidad de quedarme contigo un día y una noche más pero creo que me parecía abrumadora la idea de protagonizar una experiencia tan inédita. Habiéndote conocido apenas en cuestión de horas, iría a arreglar mi maleta y desearle buen viaje a Mónica y Andrea. Nos hubiéramos quedado en mi hotel como tú lo sugeriste y probablemente no habríamos abandonado la habitación salvo para comer. Quizás por la noche habríamos tomado unos tragos y algo más. Quizás.
Pero la realidad fue otra. A pesar de que maldecías a Angola porque trabajabas ahí (sí, ¡increíble pero John es ingeniero y trabaja para Schlumberger en un campamento petrolero en África!), y tus deseos de quedarte conmigo eran claros, te dejé cruzar por esa puerta y descarté toda posibilidad de verte pronto otra vez.
He visto en tu Facebook un comentario hecho por un amigo tuyo donde se lee entre líneas que planeas venir a Perú en setiembre de este año. Si el destino lo quiere, nos volveremos a ver.

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