Sería el deseo de complacer a mi gran amiga Mónica (cuyo onomástico sucedería en apenas cuestión de horas), y también la adrenalina de estar nada más ni nada menos que en la capital germana que esa noche, 3 de abril de 2008 para ser exactos, contenía en mi una irracionalidad exagerada. Unas ganas desenfadadas de conquistar la noche, ¿y por qué no?, algo más.
Mi modus operandi sería claro: hacer uso de mis mejores tácticas de seducción que son innatas en mí cuando de pronto percibo una presencia y feromonas que me alocan. Es casi inexplicable la habilidad que para algunos es desconocida (que por obvias razones sólo aflora en circunstancias propicias y cuando la otra parte es también cómplice de mi aventura), que tengo para atrapar a mi presa cuando ésta se siente atraída por mí. Esta noche no fue la excepción.
Debo admitir que me tomó por sorpresa porque entre copas y copas nos dieron las doce, y luego de apretujar a Mónica y expresarle mi cariño por haber cumplido los 23 abriles, hicimos uso de nuestro descuento en cervezas y demás brebajes que gracias a un excelente programa de tours guiados (tanto de día como de noche), habíamos obtenido por la moderada suma de once euros. Nos acompañaba también Andrea, un poco la voz más sensata de la pandilla, con quien desfilaríamos de bar en bar según lo estipulado por el tour más conocido como 'pub crawl'.
De pronto las tres estabamos inmersas dentro de este grupo de turistas noctámbulos que no cruzaban la frontera de los veinte, todos dispuestos a pasar una noche inolvidable. Recuerdo bien que tuve oportunidad de conversar con algunos australianos y que una chica que los acompañaba desconocía el paradero del Perú (inmediatamente se me vino a la mente aquel grupo en Facebook denominado 'If you don't know where my country is, buy an atlas bitch'.)
Luego de semejante traspiés, preferí continuar compartiendo mi velada con mis dos amigas y minutos despúes de agotar mi segunda o tercera cerveza, escuchamos la voz del líder del tour que nos exhortaba a continuar el recorrido hacia el siguiente bar. Acatamos obedientemente la orden y mismo rebaño de ovejas, caminamos en línea recta con rumbo aún incierto. En la ruta nos encontramos con unas peculiares damas de compañía nocturnas que no vacilaban en mostrar sus atributos resguardados por una estrecha corsetería digna de quitarle el aliento al más apulmonado de los seres humanos. -¡No miren!, nos decían los guías algo consternados quizás por las palpitaciones que causaban las señoritas en algunos de los asistentes al tour. Finalmente, llegamos a una especie de callejón oscuro donde los guías empezaron a repartir a diestra y siniestra vodka mezclado con jugo. Basta decir que en el siguiente bar, Mónica, Andrea, los demás asistentes y yo, ya estabamos participando activamente del jolgorio.
De pronto, un acento latino se nos hizo familiar: resultó ser un venezolano alto, moreno, no muy agraciado que nos invitaba a iniciar una conversación. Luego de las preguntas de rigor: ¿qué hacen en Berlín?, ¿cuánto tiempo se quedan?, entre otras nimiedades, nos presentó a un grupo amigable de españoles que a mi gusto, no eran muy atractivos.
Bastó que me distrajera algunos minutos para que me diera cuenta de que Mónica y Andrea ya habían seleccionado a sus respectivos prospectos de la noche para hacerla más llevadera y sin más, habían tenido la cortesía de 'guardarme' al menos mejor. Era evidente que no me iba a quedar con los brazos cruzados y mientras nos dirigíamos al siguiente bar, apareció frente a mis ojos este chico que siempre quedará grabado en mi memoria: John. Alto, fuerte, moreno, de ojos verdes: perfecto. Recuerdo que yo misma tuve la iniciativa de entablar la conversación en inglés y él me respondió con una sonrisa que en verdad me hizo sentir mariposas. De pronto no existió nadie más en ese tour que pudiera captar mi atención y hacerme sentir tan viva como él. Definitivamente, fue amor a primera vista.
De inmediato, le presenté a mis dos amigas, Mónica y Andrea, y continuamos nuestro periplo hacia el siguiente bar. Ya para ese entonces, era increíble la química que los dos teníamos. Para ser franca, sentía que lo conocía de toda la vida. La conversación fluía de tal modo que parecía que ambos habláramos el mismo idioma y pensáramos igual. Al llegar a la discoteca, el grupo se esparció mientras que Mónica y Andrea continuaban conversando con sus nuevos amigos españoles.
Por otro lado, John y yo eramos la pareja perfecta, al menos por esa noche. Recuerdo que me contaba que sus padres eran dominicanos pero residentes en Kentucky, Estados Unidos. Simplemente encantador: un chico de pueblo con raíces latinas que escuchaba música country y a Toby Keith en concierto (¿alguien sabe de quien estamos hablando?)
Al escribir esto puedo revivir la emoción que sentía al conversar con él. Un vaso de bourbon con Coca-Cola, al mejor estilo country, fue la elección perfecta para continuar la noche. El Jagermeister vendría despúes y también las cervezas. No necesito decir que el alcohol que corría en mis venas alcanzaria niveles poderosos y sería mi principal motor para negarme a regresar en el último tram de la 1 de la mañana con Mónica y Andrea, quienes presurosas me informaban que nos debíamos ir si queríamos alcanzar ese último medio de transporte barato.
Quizás sin el consumo de vodka, bourbon, Jager y cerveza hubiera opinado lo contrario. O quizás no. El caso fue que me opuse rotundamente a abandonar a mi príncipe azul (quien por cierto me decía que no me vaya y ofreció acompañarme hasta la puerta de mi hotel). La sola idea de separarme de el me angustiaba. Lo sé, suena un poco extremo pero tendrían que haber sentido esa energía fuertísima al encontrarte con una cierta alma gemela.
Finalmente, Mónica y Andrea propiciaron con su partida la secuencia de hechos que bien guardo en mi memoria. La libertad de estar juntos al menos por espacio de algunas horas. 'Before sunrise' nunca tuvo tanto sentido hasta ese día.
Tuve la oportunidad de quedarme contigo un día y una noche más pero creo que me parecía abrumadora la idea de protagonizar una experiencia tan inédita. Habiéndote conocido apenas en cuestión de horas, iría a arreglar mi maleta y desearle buen viaje a Mónica y Andrea. Nos hubiéramos quedado en mi hotel como tú lo sugeriste y probablemente no habríamos abandonado la habitación salvo para comer. Quizás por la noche habríamos tomado unos tragos y algo más. Quizás.
Pero la realidad fue otra. A pesar de que maldecías a Angola porque trabajabas ahí (sí, ¡increíble pero John es ingeniero y trabaja para Schlumberger en un campamento petrolero en África!), y tus deseos de quedarte conmigo eran claros, te dejé cruzar por esa puerta y descarté toda posibilidad de verte pronto otra vez.
He visto en tu Facebook un comentario hecho por un amigo tuyo donde se lee entre líneas que planeas venir a Perú en setiembre de este año. Si el destino lo quiere, nos volveremos a ver.




